Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral

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XX Festival Iberoamericano

de Teatro Contemporáneo de Almagro

-Versión online-

Almagro, 20 al 29 de noviembre de 2020

   

Eventos especiales

 

HOMENAJE A JUAN CARLOS GENÉ

 

Ver Revista Teatro Celcit /Juan Carlos Gené

 


GENÉ EN ESCENA - Canal Encuentros

 

 


MINETTI

 

 


 

PARA JUAN

Por Elena Schaposnik

 

Un feliz encuentro tuvo lugar en el año 1981 cuando me incorporé en Caracas a los talleres de Juan Carlos Gené. Llegué exiliada a Venezuela en 1978, con un hijo de un año, destruida, y durante casi tres años no pensaba más que en poder volver a Argentina y en trabajar para sobrevivir. Pero el tiempo pasaba y tuve la necesidad de recuperar mi vida y volver a hacer teatro. Entonces me inscribí en el CELCIT para un curso de dirección con Juan.

 

Puede decirse que ese encuentro fue el comienzo de mi nueva vida. Juan me empujó a incorporarme al CELCIT y conocí a Luis Molina, que desde entonces y hasta ahora, ha sido mi compañero de vida y de trabajo.

 

Juan era mi apoyo en las frecuentes depresiones que me empujaban, sobre todas las cosas, a querer volver a mi país. Él supo contenerme y puede decirse que me adoptó. Fue mi padre venezolano, mi segundo padre durante más de 30 años. Siempre tuvo el consejo preciso, la palabra necesaria...

 

Y tanto fue así, que trabajamos juntos, en el día a día, durante más de diez años, y que cuando llegó el momento de poder regresar a Argentina, ni él ni yo lo hicimos. Habíamos encontrado en el CELCIT un ámbito para trabajar y crear, él desde la dirección, la actuación, la escritura y la docencia, y yo desde el apoyo productivo que hacía posible que él como tantos otros pudieran seguir teniendo el marco propicio para su creación.

 

Aprendí mucho de Juan. Dirección y actuación, que cursé con él, no fueron lo funda- mental. Sus lecciones más importantes fueron de vida. Compartí su época más prolífica como dramaturgo y pasamos momentos de teatro incomparables con los estrenos de sus obras Golpes a mi puerta, Retorno a Corallina , Memorial del cordero asesinado, Ulf... y con las muchas puestas en escena del Actoral 80. Hicimos, juntos, viajes y giras. No todos los momentos eran gratos, porque Juan se gastaba un carácter muy autoritario y trabajar con él era por momentos muy difícil. Pero alternaba sus momentos dictatoriales con otros de una gran ternura.

 

En los 90, nos separamos. Juan regresó a Argentina, pero yo acompañé a Luis en su regreso a España. Aunque le costaba la informática, logramos comunicarnos por correo electrónico, pero más que nada lo suyo era el teléfono. Fueron varias sus visitas a España, pero sobre todo mis visitas a Argentina, donde además de reunirme con Juan, lo hacía, siempre, con Mabel Manzotti, Juana Hidalgo, Franklin Caicedo, con tantos, tantos amigos... y sobre todo con mi familia.

 

A pesar de la distancia, en estos últimos veinte años nuestro vínculo siguió intacto. Complementándonos en el trabajo... y en la vida. Juan continuó siendo muy paternal, tanto que a veces me agobiaba un poco, como buen padre, con sus excesivos cuidados. En esas visitas teníamos largas charlas. Siempre me invitaba a comer y yo lo iba a ver al teatro, a su casa de Perú o al CELCIT.

 

En mi último viaje a Argentina, un mes antes de su fallecimiento, lo visité en su casa, sabiendo ya que no le quedaba mucho tiempo. Estaba sufriendo dolores que mitigaba a base de calmantes, con dificultades para caminar, pero me volvió a dar lecciones de vida que no olvidaré jamás. Se sumaba que mi amiga-hermana Mabel Manzotti había tenido un ACV y estaba también muy mal. Iba a verlos a los dos, consciente de que seguramente era mi despedida. Lo fue. De ambos.

 

La noticia del fallecimiento de Juan me llegó seis días después de la de Mabel. Me encontró en muy baja forma. Lo sabía, sí... pero creo que en el fondo esperaba poder verlos una vez más... No termino de reponerme de estas ausencias de personas tan trascendentales en mi vida. Me los imagino reunidos con tantos amigos que también se fueron. Físicamente ya no están con nosotros, pero me acompañan y acompañarán siempre, y hasta siento que desde donde estén me siguen protegiendo.

 

Gracias, Juan, por haber formado parte de mi vida y por tanto que me enseñaste.

 

RTC Revista Teatro/CELCIT, Desde el CELCIT, 2012, Nº 39, p. 61

 


MÁS QUE AMIGO, HERMANO

Por Luis Molina López

 

yo quiero ser llorando el hortelano, de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma tan temprano... [...] tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento... Miguel Hernández

 

Es muy difícil sobreponerse al dolor que produce la desaparición física de un amigo -más que amigo, hermano- tan querido, y seguir adelante con este hermoso proyecto que nos unió durante casi cuarenta años, apostando por la integración teatral iberoamericana y la preparación de nuevos teatristas que tuvieron en Juan al más extraordinario maestro.

 

Haciendo memoria, creo que fue en 1969 cuando en San Juan de Puerto Rico, lugar donde yo vivía por aquel entonces, supe por primera vez de la existencia de Juan, pues se dio el caso que el puertorriqueño grupo Teatro del Sesenta presentaba su obra El herrero y el diablo, dirigida por un compañero argentino con el que pude conversar largamente, no sólo del magnífico resultado de la puesta en escena, sino de aquel autor que era un hombre clave en la historia

del teatro argentino. Un artista que no solo escribía para teatro, sino que en ese entonces presidía la Asociación Argentina de Actores, era maestro de teatro en la Universidad, creador de una de las series más famosas de la TV argentina, Cosa juzgada, y estaba comprometido con las causas más nobles de su pueblo.

 

Pasaron unos años y encontrándome en Bogotá dirigiendo un Encuentro de Profesionales del Teatro organizado por la recientemente creada Federación de Festivales de Teatro de Amé- rica, en mi calidad de Secretario General de la misma, le hice una invitación para tomar parte de dicho Encuentro. Juan acababa de exiliarse de Argentina por las amenazas que recibió en su país y dio a parar a Bogotá contratado por un canal de la televisión colombiana. No tuve suerte en ese primer encuentro, pues él se encontraba muy bajo de moral y muy preocupado por las noticias que le llegaban desde Buenos Aires. Durante el poco tiempo que permaneció en Bogotá, es importante decirlo, su aporte fue clave para la televisión de aquel país, con sus guiones basados en las obras más importantes de la literatura latinoamericana. Al conocer que un escritor de tal valía estaba en Bogotá, los productores de la TV del país vecino no pararon hasta que se lo llevaron a Venezuela.

 

En Caracas, ya creado el CELCIT, nos volvimos a encontrar y le pedí que se incorporase a ese pequeño equipo de iberoamericanos que formaban la familia celciana. Era 1977.

 

Todo lo que vino después fueron años de lucha, de trabajo, de dar rienda suelta a la creación de varios centros de formación e investigación teatral, de numerosos festivales, de colectivos de teatro como el Actoral 80, el Teatro Itinerante de Venezuela , congresos teatra- les en los más apartados rincones del mundo, publicaciones, seminarios...

 

En esos hermosos y difíciles años compartidos, se fueron incorporando personas claves en la historia del CELCIT, como es el caso de Carlos Ianni o Verónica Oddó, que lo acompañaron en sus últimos años de vida teatral en Buenos Aires.

Desde este rincón de Almagro, ciudad que él visitó en varias ocasiones y en la que dejó constancia de su saber, tanto en el Festival de Teatro Clásico al que fue invitado en varias oportunidades como en su intervención en la Cena-Coloquio organizada por el Ateneo de Alma- gro, sigo recordándolo, día a día y sigo pensando que se nos ha ido posiblemente el teatrista, creador y maestro más importante de la historia del teatro iberoamericano.

 

Aquí, en nuestro pequeño teatro de La Veleta, rodeado de la paz que nos ofrece la lla- nura manchega, con mi compañera Elena, y los compañeros Luis Masci o Patricio, Juan está presente. Amigo, hermano...

 

Sé que para Carlos Ianni, Verónica y tantos otros que estaban a su lado hasta el último momento no debe de ser fácil alzar el telón y que Juan no esté, pero seguro que ya debe ha- berse juntado con Federico -al que tanto admiraba-, con Atahualpa, con Chacho, con Carella, con Mabel, y con tantos y tantos entrañables amigos y compañeros, con los que en un nuevo escenario, juntos, no dejarán de tramar nuevas utopías.

 

RTC Revista Teatro/CELCIT, Desde el CELCIT, 2012, Nº 39, p. 59

 

 

 

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